10 cuentos de terror basados en hechos reales

Publicado originalmente el 15 de febrero de 2022. Actualizado el 18 de junio de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.
Apariciones, voces, silbidos y presencias nocturnas forman parte de estas historias que sus protagonistas aseguran haber vivido.
Hay cuentos de terror que nacen de la imaginación y otros que comienzan con una frase mucho más inquietante: “Esto me pasó a mí”.
Las siguientes historias reúnen experiencias que sus protagonistas presentan como reales. Algunas ocurrieron durante episodios de parálisis del sueño; otras involucran figuras que aparecen dentro de una casa, voces sin un origen visible o encuentros con uno de los espectros más conocidos de México: La Llorona.
No todos estos relatos tienen una explicación y quizá ese sea su mayor atractivo. Son historias para compartir durante una noche entre amigos, cuando cualquier crujido, sombra o silbido puede hacernos pensar que no estamos solos.
Apaga la luz y continúa leyendo bajo tu propio riesgo.

El muerto
La parálisis del sueño es algo que me sucede desde los 14 años. Por lo general, solo sentía que no podía moverme, aunque permanecía consciente de lo que ocurría a mi alrededor.
Una noche escuché que alguien entraba en mi cuarto. Después sentí que una persona me abrazaba con tanta fuerza que comenzó a lastimarme la espalda.
Me asusté porque eso no era normal, ni siquiera dentro de las experiencias que había tenido antes. Intenté liberarme, pero cuanto más forcejeaba, más se enojaba aquello que estaba conmigo. Incluso escuché que me gruñía.
Cuando finalmente pude moverme, sentí un escalofrío en todo el cuerpo. La espalda me dolía muchísimo.
Todavía tengo episodios de parálisis del sueño, pero nunca volví a vivir algo parecido. Sigo tratando de entender qué sucedió aquella noche.
¿Qué sucede durante una parálisis del sueño?
Desde el punto de vista médico, la parálisis del sueño ocurre cuando una persona recupera la conciencia durante la transición entre el sueño y la vigilia, pero su cuerpo conserva temporalmente la inmovilidad característica de la fase REM. Durante el episodio puede resultar imposible moverse o hablar. También pueden aparecer sonidos, figuras, presión en el pecho o la sensación de que alguien se encuentra dentro de la habitación.
La interpretación espiritual es distinta en cada cultura. Durante siglos, experiencias similares se han atribuido a brujas, demonios, espíritus, visitantes nocturnos y entidades capaces de sentarse sobre el pecho o acercarse a la cama. Algunas tradiciones también las consideran momentos en los que la conciencia se encuentra entre el mundo físico y el espiritual.
Estas creencias no son iguales en todos los lugares. En Brasil, Turquía, Italia y otras regiones existen criaturas particulares asociadas con la inmovilidad nocturna. Las investigaciones sobre el tema muestran que el contexto cultural influye en la manera en que cada persona interpreta las figuras, voces o presencias que percibe.
La medicina puede describir lo que ocurre en el cuerpo, pero para quien despierta sin poder moverse y siente que alguien lo abraza desde la oscuridad, la experiencia puede conservar un significado mucho más inquietante.
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Mi hermano quiere jugar
Cuando tenía unos ocho años me gustaba mucho jugar con Mega Bloks. Armaba torres enormes y luego las derrumbaba.
Una tarde, después de tirar una de ellas, me aburrí de estar en mi cuarto y fui a pedirle permiso a mi mamá para salir. Ella me dijo que podría hacerlo cuando recogiera los bloques que había dejado en el piso.
Me giré para regresar, pero me detuve porque mi hermano de cinco años estaba dentro de la habitación recogiendo los juguetes por mí.
Había encendido la luz. Estaba callado y parecía muy concentrado en lo que hacía.
Volteé hacia mi mamá y le dije:
—Mi hermano ya los está recogiendo por mí.
Ella se asomó a la habitación. Observó la puerta durante unos segundos, desconcertada, y respondió:
—Ahí no hay nadie. Tu hermano está afuera jugando.
Regresé al cuarto y comprobé que, en efecto, no había nadie. La luz estaba apagada y los juguetes continuaban sobre el piso.
Me pareció extraño, pero decidí ignorarlo. Recogí los bloques y salí a jugar.
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La señora de los besitos
Cuando tenía cuatro o cinco años veía a una mujer dentro del baño de mi casa. La llamaba “la señora de los besitos” y les hablaba de ella a mis papás.
Mi mamá pensaba que era una historia que me había contado mi papá. Él creía que había sido ella. Un día decidieron preguntarse de dónde había salido aquel cuento y descubrieron que ninguno de los dos me había hablado de esa mujer.
Cuando llegamos a la casa, mi mamá también encontró algo extraño: detrás de todas las puertas había una estampa católica o un crucifijo.
La señora de los besitos tenía el cabello largo y oscuro y usaba un vestido largo. Afortunadamente, ya no la recuerdo, pero aquel baño siempre me provocó miedo. En general, era una casa muy extraña y sucedían cosas difíciles de explicar.
Tiempo después, alguien me preguntó por qué la llamaba “la señora de los besitos”.
Mi mamá asegura que respondí como si fuera lo más evidente del mundo:
—Pues porque da besitos.
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El bebé que no dejaba de llorar
Tuve a mi tercer hijo y todo iba bien hasta que cumplió tres semanas. Entonces comenzó a vomitar cada vez que tomaba leche.
Pasó una semana así y lo llevé al médico, quien le recetó un medicamento para controlar el problema. Regresamos a casa, pero yo permanecí despierta, preocupada y pensando en mi bebé.
Eran cerca de las dos de la mañana. Me puse a lavar y secar ropa cuando, de repente, escuché a varios niños llorando.
Revisé la cuna. El bebé estaba tranquilo. También fui a las habitaciones de mis otros hijos, pero todos dormían.
Regresé a la sala y volví a escuchar el llanto. Le pregunté a mi esposo, que estaba en la misma habitación que el bebé, si el niño había llorado.
Me respondió que no.
Me quedé en el pasillo, entre las habitaciones, intentando descubrir de dónde venía el sonido. Entonces escuché a una mujer llorando en la sala. Lo hacía con tanta tristeza y desesperación que me quedé paralizada.
No vi a nadie, pero algo dentro de mí me dijo que debía llevar al niño al hospital.
Ya eran casi las cuatro de la mañana. Lo llevé y comenzaron a hacerle estudios. Cuando el médico regresó con los resultados, me dijo que tenían que trasladarlo a otro hospital para operarlo de urgencia.
También me explicó que, de haber esperado más tiempo, el bebé podría haber muerto.
Nunca supe quién lloraba en mi casa. Mi mamá dice que era un ángel que intentaba advertirme.
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El monje chino
Cuando vivía en China tuve una discusión muy fuerte con quien ahora es mi expareja. Salí del edificio donde vivíamos y caminé hacia una montaña cercana que tenía una especie de templo en la parte más alta.
Visitaba con frecuencia aquel lugar para olvidarme de todo. Casi nunca había gente y la vista era hermosa.
Esa noche no se veía nada, pero yo no sabía a dónde más ir a llorar. Con la luz de mi celular recorrí el camino hasta llegar al templo.
Me acurruqué sobre una banca de madera muy vieja y lloré hasta quedarme dormida.
Entre sueños escuché los pasos de alguien que entraba en el templo. Sentí que esa persona se sentaba a mis pies, sobre la misma banca, y después colocaba una mano sobre ellos.
Me levanté de golpe, apenada, para disculparme por haberme quedado dormida allí.
No había nadie.
Nunca había sentido tanto miedo y tanta paz al mismo tiempo.
Cuando les conté lo sucedido a mis amigos chinos, me dijeron que nadie subía al templo durante la noche precisamente por ese tipo de apariciones.
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La Llorona
La casa de mis abuelos paternos no era muy grande, pero tenía patios enormes. En la parte trasera había una pequeña granja para uso de la familia.
Más allá se encontraba la construcción inconclusa de la casa de una de mis tías y, después, un plantío de magueyes que pertenecía a mi abuelo.
En esa zona también había un baño viejo de madera. Todo desembocaba en un pequeño arroyo que pasaba detrás de la propiedad.
Mis primos, mis hermanos y yo jugábamos entre los magueyes. Éramos alrededor de ocho personas, de entre siete y 16 años.
En algún momento me dieron ganas de ir al baño. Como la puerta no cerraba bien, mis primos se quedaron afuera sosteniéndola.
Cuando estaba lista para salir, las risas y los juegos se detuvieron de golpe.
Entonces escuchamos un grito aterrador.
Me quedé inmóvil. Todos mis primos salieron corriendo, pero el grito continuó.
Cuando logré reaccionar, empujé la puerta para salir. No se abrió. No tenía pestillo ni seguro, pero, por más que lo intentaba, no podía moverla.
Solo habían pasado unos segundos. El alarido continuaba y sentí un frío que nació en mi espalda, atravesó mi pecho y terminó por cubrirme todo el cuerpo.
Golpeé la puerta, la empujé y comencé a gritar. Pensé que iba a morir dentro de aquel baño.
Finalmente, la puerta se abrió.
Corrí hasta el patio y encontré a mis primos pálidos. Algunos estaban llorando. Yo apenas podía respirar por el miedo.
El grito dejó de escucharse.
Nos asomamos al camino que conducía hacia los magueyes. Sobre el arroyo vimos una silueta blanca que parecía flotar mientras seguía el curso del agua.
Más tarde, mi abuelo nos dijo que se trataba de La Llorona. Aseguró que él también la había visto y escuchado.
Nos advirtió que nunca debíamos permitir que nos mostrara el rostro, porque podíamos morir del susto.
Jamás volvimos a jugar en aquella zona.
¿Cuál es el origen de La Llorona?
La versión popular más conocida cuenta que La Llorona fue una mujer que ahogó a sus hijos después de ser abandonada o traicionada por su pareja. Al comprender lo que había hecho, murió consumida por la culpa y fue condenada a recorrer ríos, caminos y pueblos mientras grita: “¡Ay, mis hijos!”.
No obstante, La Llorona no tiene una historia única. La tradición oral ha producido múltiples versiones en México, América Latina y comunidades hispanas de Estados Unidos. A veces es una madre arrepentida; en otras historias es una aparición que anuncia desgracias, atrae a los hombres o muestra un rostro aterrador cuando alguien intenta ayudarla.
El origen mitológico de La Llorona
Una de las interpretaciones más extendidas relaciona a La Llorona con Cihuacóatl, deidad mesoamericana vinculada con la maternidad, los partos y las mujeres que morían al dar a luz.
Las crónicas de Bernardino de Sahagún describen una presencia femenina que aparecía durante la noche y lanzaba lamentos. Otros relatos coloniales mencionan una voz de mujer que lloraba por sus hijos y anunciaba una desgracia antes de la llegada de los españoles.
Estas semejanzas han llevado a distintos investigadores a proponer que la imagen moderna de La Llorona conserva elementos de antiguas figuras mesoamericanas. Sin embargo, la leyenda también comparte rasgos con historias europeas de mujeres espectrales, madres condenadas y espíritus relacionados con el agua. Por ello, su forma actual podría ser el resultado de varios siglos de encuentros entre tradiciones indígenas, españolas y populares.
¿Existe una explicación científica para el llanto de La Llorona?
No existe una explicación científica única para una leyenda que tiene tantas versiones y siglos de historia. Sin embargo, ciertos sonidos atribuidos a apariciones pueden proceder de animales nocturnos, del viento, del eco o de voces humanas que recorren grandes distancias.
En barrancas, bosques y zonas cercanas al agua, el entorno puede modificar la dirección y la intensidad de un sonido. Algunos animales producen chillidos que se parecen al llanto o al grito de una persona, especialmente cuando se escuchan durante la noche y sin una fuente visible.
Esa posibilidad puede explicar determinados lamentos, pero no necesariamente cada experiencia. Quienes aseguran haber visto una silueta blanca junto al agua no recuerdan únicamente un ruido, sino una presencia completa. Ahí comienza la parte del relato que cada lector deberá interpretar.
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La mano
Cuando tenía unos 16 años estaba terminando de cenar con mi familia. Todos permanecieron en el comedor, pero yo decidí subir a ver la televisión.
Mientras avanzaba por las escaleras, sentí que una mano enorme y áspera me sujetaba del tobillo. El jalón hizo que perdiera el equilibrio y cayera.
Grité. Toda mi familia corrió hacia mí. Yo lloraba sin poder explicar bien lo que acababa de sentir.
Mi papá revisó las escaleras y las habitaciones, pero no encontró a nadie.
Subimos juntos. Desde la puerta de uno de los cuartos podía verse la calle. En la esquina distinguí a una mujer joven con una bata blanca y el cabello largo y rizado.
No se le veían los pies. Parecía flotar.
Grité otra vez.
Mi hermana mayor corrió hacia mí, me abrazó y dijo que ella también había visto a la mujer.
Esa noche me quedé dormida llorando.
Han pasado 12 años y todavía subo corriendo las escaleras de mi casa.
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El abrazo
Cuando vivía en mi ciudad natal nos mudamos unas cinco veces antes de encontrar una casa permanente.
Una de aquellas viviendas tenía dos pisos. Yo era la única persona que dormía en una habitación de la planta baja.
Una noche, mi perro entró corriendo en el cuarto y comenzó a ladrarle a la puerta. No quería acercarse a ella.
Me pareció extraño, así que revisé el pasillo. No había nadie. Cerré la puerta y decidí dormir.
Poco después desperté con una sensación incómoda. Sin saber por qué, comencé a sentir mucho miedo.
Me acurruqué de lado e intenté volver a dormir. De pronto, sentí que alguien me abrazaba por la espalda.
No podía moverme ni gritar.
Cerré los ojos con fuerza y repetí mentalmente todos los rezos que me sabía hasta que volví a quedarme dormida.
Nunca supe quién me abrazó ni qué sucedió aquella noche.
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El silbido
Una madrugada estaba haciendo la tarea en la cocina cuando escuché el grito de un hombre.
No entendí lo que decía. Pensé que quizá se trataba de una persona borracha en la calle y decidí ignorarlo.
Después de un rato escuché un silbido lejano. Era una melodía que nunca había oído. Supuse que venía de la calle o de la casa de algún vecino, pero comenzó a sonar cada vez más cerca.
Intenté no prestarle atención. No era la primera vez que ocurrían cosas extrañas en aquella casa.
El silbido continuó acercándose.
De pronto, se detuvo.
Entonces escuché que alguien abría la puerta de las escaleras. Unos pasos pesados, como los de un hombre con botas, comenzaron a descender hacia la cocina.
Después regresó el silencio.
Cuando empezaba a tranquilizarme, el mismo silbido sonó junto a mi oído.
En ese instante sentí una mano apoyada sobre mi hombro.
Me paralicé. Cuando logré reaccionar, llamé a mi papá. Él corrió preocupado hacia la cocina.
Le conté lo que había ocurrido y revisamos la entrada. La puerta estaba abierta, aunque siempre la dejábamos cerrada.
Mi papá la aseguró. Cuando bajábamos nuevamente, descubrió sobre uno de los escalones una huella que parecía pertenecer a un animal.
Me dijo que me fuera a dormir.
Nunca volví a escuchar aquel silbido, pero la sensación de la mano permanece. A veces volteo hacia mi hombro porque siento que todavía está ahí.
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La Dama de Rojo
A diferencia de los testimonios anteriores, esta historia está contada como un cuento breve. Su origen puede ser literario, pero comparte con los demás relatos la idea de una presencia que oculta su verdadera naturaleza.
Cada fin de semana seguía la misma rutina. Salía del trabajo con prisa, llegaba a casa y tomaba un baño aromático. Después pasaba horas frente al espejo mientras se arreglaba.
El toque final era siempre un vestido rojo.
Le gustaba llamar la atención y sabía que ese color resaltaba su piel clara, sus labios carmín y la cabellera negra que cubría parte del escote de su espalda.
Aquella noche regresaba de una fiesta. Lucía tan hermosa como cuando había salido, aunque el cansancio de bailar la obligaba a llevar los tacones en la mano.
Conocía tan bien el camino que habría podido recorrerlo con los ojos cerrados. Por eso dejó caer los párpados y se concentró en los sonidos y aromas de la noche.
Entonces percibió una respiración agitada.
Un olor metálico y húmedo llegó hasta ella con el viento.
No quiso abrir los ojos. Temía perder el rastro de aquello que despertaba tantas sensaciones en su cuerpo.
Dejó que el olor la guiara.
Uno, dos, tres pasos.
Después, decenas.
Se detuvo frente a la entrada de un callejón. Desde el fondo llegaban gemidos, lamentos y respiraciones entrecortadas. Algo parecía desgarrarse.
Un rechinido la obligó a abrir los ojos.
Allí estaban.
Varias figuras permanecían de rodillas alrededor de un hombre. Hundían los colmillos en su cuerpo y arrancaban pedazos de carne para alimentarse.
La mujer dejó caer los tacones.
El golpe contra el suelo alertó a las criaturas. Todas levantaron la cabeza y la observaron durante unos segundos.
Después continuaron comiendo.
Ella cayó de rodillas. Se arrastró hacia el cuerpo mientras un hambre insoportable le retorcía el estómago.
Hundió los dientes en la carne del hombre.
El sabor tibio del hierro despertó sus sentidos. Sintió que la vida volvía a recorrerla mientras hundía una y otra vez el rostro entre las vísceras.
Siempre lo había sabido: el rojo era su color.
Aquella noche, la sangre se convirtió en su nuevo vestido.
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¿Qué relatos paranormales cortos se cuentan en internet?
Internet transformó la manera en que circulan las historias de miedo. Los relatos que antes se transmitían entre familiares o alrededor de una fogata ahora aparecen en foros, videos, podcasts y publicaciones anónimas.
Muchos comienzan con una situación completamente cotidiana: una persona se encuentra sola en casa, despierta durante la madrugada o escucha a un familiar llamarla desde otra habitación. El miedo aparece cuando un pequeño detalle contradice lo que parecía normal.
Entre los relatos paranormales más frecuentes se encuentran:
- Niños que hablan con amigos invisibles y conocen datos que nadie les contó.
- Personas que escuchan la voz de un familiar desde una habitación vacía.
- Figuras inmóviles que aparecen junto a la cama.
- Dobles de personas que en realidad se encuentran lejos.
- Pasos que recorren los pasillos de una casa vacía.
- Fotografías en las que aparece alguien que nadie recuerda haber visto.
- Silbidos que primero suenan a lo lejos y después junto al oído.
- Pasajeros que desaparecen antes de que un automóvil llegue a su destino.
- Mensajes enviados desde el teléfono de una persona fallecida.
- Cámaras de seguridad que registran movimientos sin una causa visible.
Las historias de internet suelen ser breves y terminan antes de explicar por completo lo ocurrido. Esa estructura permite que el lector complete el vacío: qué había detrás de la puerta, quién caminaba por las escaleras o por qué alguien escuchó su propia voz dentro de una habitación.
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Las historias más inquietantes no siempre ocurren en cementerios o casas abandonadas. A veces comienzan en un dormitorio, una cocina o un camino que alguien ha recorrido cientos de veces.
Quizá por eso continúan transmitiéndose. Quien las cuenta insiste en que no fueron sueños ni invenciones, sino experiencias que permanecen sin respuesta.
Y, después de escucharlas, resulta difícil mirar una habitación oscura de la misma manera.
Redacción
Cinthia Flores
Fotógrafa, Reportera y Redactora cultural en Yaconic. Licenciada en Artes Visuales (UNAM), mi columna se especializa en la estética gótica, la arquitectura alternativa y el diseño de moda dark. Con una perspectiva forjada en medios como Infobae y PÓLVORA rock, utilizo mi lente y mi pluma para analizar el significado, la historia y la materialización de las subculturas visuales. Si buscas una inmersión profunda en la cultura oscura desde una mirada crítica y documentada, este es tu espacio.







