Hoyos Fonquis: Los templos de la resistencia y el rock en la CDMX
Música

Hoyos Fonquis: Los templos de la resistencia y el rock en la CDMX

Publicado originalmente el 10 de octubre de 2016. Actualizado el 11 de mayo de 2026 con revisión editorial, nuevas fuentes y contexto histórico.

Contexto: En esta crónica, Sergio González Rodríguez (1950-2017) nos conduce por la geografía del estigma y la libertad de los hoyos fonquis. Un texto imprescindible para entender cómo el rock sobrevivió a la periferia de una ciudad que intentó silenciarlo.


Me acuerdo, no me acuerdo. Cuando escucho el compuesto verbal “hoyos fonquis” de inmediato recuerdo la crónica inaugural de Parménides García Saldaña. Él dedicó dicha crónica a los sitios en los que diversos grupos de rock de México realizaron presentaciones a partir de 1969.

El origen de los santuarios del rock subterráneo

Pisos de edificios vacíos, naves industriales en desuso, cines abandonados, antiguos salones de baile cobraban vida los domingos por la tarde para atraer una turba multicolor. Así se aceptaban los entrecruzamientos sociales (“fresas”, obreros, oficinistas, desempleados de ambos sexos) que compartían el sudor y los roces corporales: “¿Ya viste a esa morra?”

Portada o página interior de la revista Piedra Rodante de 1972, documentando la escena de los Hoyos Fonquis en México. Foto: Garciamichel.blogspot.com.
Portada de la revista Piedra Rodante de 1972, documentando la escena de los Hoyos Fonquis en México. Foto: Garciamichel.blogspot.com.

Aquella crónica debió publicarse en la revista Piedra Rodante, o en alguna otra de la época. Además, describía la avidez de expresarse de los jóvenes de la Ciudad de México en torno del rock. Esto ocurrió después de la represión gubernamental de 1968 contra ellos.

Entre la marginación y la explosión cultural

Era una urbe que vería crecer sus orillas bajo el impulso de las nuevas generaciones. La presencia de estos jóvenes está consignada asimismo en las imágenes de revistas como Pop, México Canta, Dimensión. También en la prensa amarillista de la época que, al mostrarlas, se escandalizaba sobre la “degeneración juvenil” desde que divulgó su icono de nunca jamás. Dicha imagen era la desnudez clara, esbelta, de la “encuerada de Avándaro”.

El Salón Chicago de Peralvillo atrajo entonces la atención de la prensa y del público. Era un salón de fiestas familiares que admitía ochocientas personas alrededor de un balcón-stage donde se apretujaban los músicos. Así, la nave de los locos era empujada por la multitud, las voces, los gritos, la batería y los amplificadores (Fender, Peavey, Acoustic, Sunn, Marshall). Hacia la medianoche, solo quedaba en la mente de los asistentes y en las calles desoladas el eco de una intensidad tan entrañable. Por eso, tenía que ser revivida al domingo siguiente.

Festival Avándaro y la censura: El desprestigio de las minorías

Multitud de jóvenes durante el Festival de Avándaro en 1971, el evento cúspide del rock mexicano que dio origen a la época de los Hoyos Fonquis. Imagen histórica de la contracultura en México.
Multitud de jóvenes durante el Festival de Avándaro en 1971, el evento cúspide del rock mexicano que dio origen a la época de los Hoyos Fonquis. Imagen histórica de la contracultura en México.

También cobrarían relevancia otros sitios semejantes, como el salón Maya (hacia el norte por Eduardo Molina), el Salón Revolución de Dr. Río de la Loza en el Centro, el Herradero de la Calzada Zaragoza en Santa Martha Acatitla o el Deportivo Nader de La Merced. La vigencia de estos sitios perduró hasta 1977-1978. Entonces, las obras para establecer los ejes viales en la Ciudad de México desmembraron barrios y zonas de la urbe. Después desapareció poco a poco la permisividad para los hoyos fonquis. Por consiguiente, se desplazaron a municipios y poblaciones cercanas.

Hubo hoyos fonquis cuya vida se limitaba a una tocada, como llamábamos a esos actos que dependían de dos ingredientes primordiales: los grupos de rock y el público. Así, la banda aprobaba o desaprobaba la actuación de los músicos. En aquellas tocadas se gestó el rock en español. Sin embargo, los grupos cantaban también en inglés su repertorio.

De la ejecución obligada de covers (o versiones) de canciones de grupos ingleses o norteamericanos que ocuparon a los rockeros en la época de los “cafés cantantes” de principios y mediados de los sesenta, se dio un giro para proponer composiciones e imágenes propias.

Por ejemplo, en el grupo Enigma! (fundado en 1970) quisimos presentar una mezcla de imagen misteriosa con vestimenta negra y rock duro. Mientras tanto, Toncho Pilatos buscaba fundir la influencia precortesiana y el rock experimental. O Medusa traducía la rebeldía más desarrapada con un estilo que anticipó a los punks ingleses.

Retrato de Javier Bátiz, pionero del rock en México, tocando la guitarra eléctrica con un estilo psicodélico. Imagen emblemática para la crónica de los Hoyos Fonquis en Yaconic.
Retrato de Javier Bátiz, pionero del rock en México.

La generación musical del Festival de Avándaro (1971) se originó en aquellas tocadas feroces, que congregaron a los mejores grupos de entonces. Entre otros, además de los citados: Javier Bátiz, El Ritual, Love Army y Peace and Love (Tijuana), banda de la que derivaría Náhuatl; La Fachada de Piedra, La Revolución de Emiliano Zapata y 39.4 (Guadalajara); Dug Dugs (Durango); y Three Souls in my Mind, Tinta Blanca y Tequila de la Ciudad de la México.

Los grupos recogían las tendencias de esos años como el rock puro, el blues, el rock psicodélico, el rock progresivo. Introducían acentos vernáculos e intervenciones creativas en torno de esas tendencias imperantes en los años sesenta y setenta. El alto volumen de los aparatos era una exigencia básica, y cada presentación se vivía como si fuera a ser la última.

Las tocadas eran un reto tanto para las bandas como para la gente, que exigía cada vez más de ellos. Además, en este clima de supervivencia, las rivalidades entre los músicos eran cosas de todos los días. Estas fricciones terminaron por destruir incluso a los grupos. Las desbandadas y rupturas de sus integrantes fueron frecuentes.

Recuerdo que alguna vez el dueño del Salón de la Avenida 8 se le ocurrió organizar una tocada a la usanza de un “mano a mano” taurino con los dos grupos más populares del momento: Three Souls in my Mind y Enigma!

A pesar del esfuerzo de la banda de Alejandro Lora, Enigma! se llevó la noche: era difícil superar en escena a este grupo que ensayaba entre seis y ocho horas todos los días y actuaba en lucidez plena, mientras el Three se jactaba de casi nunca ensayar, pues les divertía más compartir el deleite de la narcosis de tiempo completo, sobre todo, durante las tocadas.

Para evitar la humillación, el Three decidió sobornar al presentador (que estaba tan high como ellos) para que anunciara un falso triunfo de Lora y su banda. Esto provocó no solo abucheos generalizados sino las carcajadas francas de los asistentes. El Three se fue con el rabo entre las patas. Para nosotros, aquello fue un juego de reglas torcidas y el fervor del público bastó para satisfacernos.

A la fecha, Enigma! es una leyenda del rock iberoamericano con piezas ya clásicas (“Bajo el signo de Acuario”, “El llamado de la hembra”, “El boogie de la avestruz”, “Guerreros del rock» o “Prisionero”). Esto se debe sobre todo a las aportaciones de su líder, cantante y primera guitarra Pablo Cáncer (1948-2013). Él permaneció leal a su propuesta musical. Sin embargo, la mayor parte de los otros grupos se entregó al oportunismo mercantil carente de calidad.

Durante las tocadas las chicas usaban un estilo post-hippie: cabelleras largas, sandalias, botines o zapatos de plataforma, jeans y playeras, cintas o sombreros en la cabeza, y entre los muchachos imperaban, aparte de los jeans, las melenas de todo tipo, las playeras, las botas y los zapatos de plataforma. El estilo punk se usaría a partir de los años ochenta.

Vocalista de la banda mexicana Enigma! cantando en vivo con gafas de sol y chaqueta de cuero, escena del rock nacional de los años 70 en blanco y negro.
Enigma!

En aquellos lugares atestigüé cómo “la banda” hacía ruedas para alternarse por parejas en un baile. También se lanzaban unos contra otros en el “slam” antes de que lo llamaran así. El baile era importante: allá se impuso un estilo, que con algunos cambios, aún perdura en los festejos populares. Era una suerte de danza de concheros y giros súbitos hacia atrás, adelante y a los lados al ritmo de las piezas de rock. Los pies son tijeras y los brazos aspas sincopadas.

Entre los momentos estelares de los hoyos fonquis estaría la tarde en la que, como una secuela del Festival de Avándaro, se reunieron cerca de doce mil personas en el Salón Maya (un predio industrial en desuso).

Tolerados por las autoridades de la delegación, los organizadores repartieron aquella vez volantes en las calles para anunciar la tocada durante los días previos, pegaron carteles a lo largo de las avenidas circunvecinas (Eduardo Molina, Robles Domínguez, Insurgentes Norte, el Metro La Raza o el Metro Indios Verdes, etcétera), y debieron pagar anuncios en la estación Radio Capital (una de las favoritas de entonces) que, en la voz persuasiva y grave del locutor César Alejandre, convocaban a la banda a asistir.

La banda de rock pesado Enigma en el escenario, destacando la batería roja con el logotipo clásico del grupo y los integrantes usando gafas de sol frente a un fondo de estrellas coloridas.
Enigma! / Foto: Hectorvirgo.org

El legado de los Hoyos Fonquis en la identidad chilanga

Tal era el modo como se realizaba una tocada en un hoyo fonqui y, desde luego, los riesgos eran evidentes: la suspensión del acto por parte de las autoridades, el anuncio mañoso de grupos que no estaban contratados, el “agandalle” de algún organizador que huía con el dinero y dejaba sin pago a los grupos, o el “truene” de la sesión por una riña entre los asistentes. Ni la gente ni los músicos tenían garantía de ningún tipo. Era una aventura fugaz en los límites de la propia circunstancia.

En los hoyos fonquis se cifraba una forma de vida que perduraría siempre, de uno u otro modo, en quienes compartimos aquellos años. Me acuerdo, sí me acuerdo.

Lugares emblemáticos de los hoyos fonquis en la CDMX

Los hoyos fonquis más emblemáticos de la Ciudad de México fueron:

  1. Salón Chicago, en Peralvillo.
  2. Salón Maya, hacia Eduardo Molina / La Villa.
  3. Salón Revolución, en Dr. Río de la Loza, Centro Histórico.
  4. El Herradero, en Calzada Zaragoza, Santa Martha Acatitla.
  5. Deportivo Nader, en la zona de La Merced.

Estos espacios funcionaron como foros improvisados para tocadas de rock durante los años setenta, después de Avándaro, cuando el rock mexicano quedó desplazado a circuitos semiclandestinos. El texto de Yaconic menciona explícitamente esos lugares y sitúa su vigencia hasta 1977-1978; además, La Jornada confirma la existencia del Salón Chicago y el Salón Maya como hoyos fonquis, Milenio documenta al Salón Chicago de Peralvillo como espacio donde tocó Medusa, y La CarteleraMX enumera Salón Maya, Deportivo Nader, El Herradero y Salón Revolución dentro de esa escena.


Sergio González Rodríguez (1950-2017) fue escritor, periodista y bajista del grupo Enigma! Entre sus obras, que van del ensayo a la novela y la crónica, figuran Huesos en el desierto (2002), El hombre sin cabeza (2009) y Campo de guerra (2014).

Escritor, periodista y ensayista fundamental de la literatura mexicana contemporánea. Sergio González Rodríguez fue una voz insobornable que documentó las zonas más oscuras de la realidad nacional. En Yaconic, su legado permanece como un referente de rigor, ética periodística y análisis profundo sobre la cultura, la política y los bajos fondos de la metrópoli.