La historia del arte suele ser un registro de exclusiones, pero el caso de Claude Cahun (nacida como Lucy Schwob) es una anomalía de resistencia. Hoy se lee con una vigencia asombrosa. Nacida en Francia a finales del siglo XIX en el seno de una familia de la alta intelectualidad judía, Cahun tuvo acceso a una formación académica de élite en la Sorbona.
Sin embargo, su verdadera labor no fue la literatura o la filosofía en su forma tradicional. Fue la construcción de una identidad que desafiaba las categorías estancas de su tiempo. Un siglo antes de que el término «no binario» se volviera masivo, Cahun ya habitaba y documentaba esa fluidez. Lo hizo utilizando su propio cuerpo como un laboratorio de experimentación política y estética. Además, su padre, Maurice Schwob, director del periódico Le Phare de la Loire, fue el conducto para sus primeras publicaciones. Sin embargo, la inquietud de Claude no se detuvo en la palabra escrita.
Su paso por el modelaje y el teatro —integrándose a la compañía Le Plateau— no fue una búsqueda de fama. Fue una preparación técnica para lo que sería su obra cumbre: el autorretrato como herramienta de desmantelamiento del género. En el universo de Cahun, el rostro no es un destino. Más bien, es una máscara que se retira para revelar otra máscara. Esto genera una espiral infinita de autodescubrimiento.
Musidora, la cineasta y vampiresa del cine mudo francés

El encuentro con André Breton y el búnker surrealista
La trayectoria de Cahun dio un giro determinante al integrarse al movimiento surrealista. Aunque muchos artistas de la época quedaron relegados a la sombra de los grandes nombres masculinos, Cahun se posicionó como una fuerza intelectual propia. De hecho, su relación con André Breton, quien la describió como «uno de los espíritus más curiosos de este tiempo», la impulsó a volcar su búsqueda existencial hacia las artes plásticas.
No obstante, mientras los surrealistas masculinos a menudo fetichizaban el cuerpo femenino, Cahun utilizaba la fotografía para subvertir esa mirada. En su obra fundamental, Aveux non avenus (Confesiones no aceptadas), publicada en 1930, Cahun dejó clara su postura: «¿Neutral? Es el único género que siempre me sienta bien».
Esta declaración no era un simple capricho estético; era la instauración de una soberanía personal frente a la dicotomía hombre/mujer. Sus autorretratos, realizados en colaboración con su pareja de vida y arte, Marcel Moore (Suzanne Malherbe), son registros de una transmutación constante. Cahun se rapaba la cabeza, se vestía de marinero, de muñeca, de atleta o de espectro. Así, desafiaba la estabilidad visual del espectador y denunciaba la farsa de la identidad fija.
Kati Horna, la fotógrafa que capturó el surrealismo mexicano

El sabotaje estético como propaganda antinazi
La vocación política de Claude Cahun no se limitó a los manifiestos artísticos. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi, su arte se transformó en una herramienta de guerra psicológica. Tras mudarse a la isla de Jersey, Cahun y Moore emprendieron una labor de resistencia clandestina impecable. Bajo el seudónimo de «El soldado sin nombre», redactaban y distribuían panfletos. Estos buscaban minar la moral de las tropas alemanas, instándolas a la deserción y cuestionando la autoridad del Tercer Reich.
Este activismo llevó a su captura por la Gestapo en 1944. Cahun fue sentenciada a muerte, un destino del que escapó gracias a la liberación de la isla por las fuerzas aliadas en 1945. Sin embargo, el registro de su resistencia quedó grabado no solo en sus acciones, sino en la honestidad material de su última producción fotográfica. En una de sus imágenes más potentes tras la liberación, Cahun aparece con una esvástica entre los dientes. No es un símbolo de sumisión, sino el trofeo de quien ha sobrevivido al intento de borrado más violento de la historia moderna.
Redescubrimiento y legado: La pionera del feminismo moderno
Durante décadas, la obra de Claude Cahun permaneció en un silencio impuesto por el machismo sistémico del canon artístico. No fue sino hasta la labor de investigación de historiadores como François Leperlier en los años 80 que su figura recuperó la jerarquía cultural que le corresponde. Hoy, Cahun es reconocida como la precursora de artistas contemporáneas como Cindy Sherman o Nan Goldin. También es vista como un pilar fundamental para entender la genealogía de las identidades trans y no binarias.
Su legado es un recordatorio de que la identidad es un territorio en disputa. La preservación y catálogo de su obra en instituciones como el Museo de Jersey permite verificar que la lucha por la fluidez de género no es una tendencia contemporánea. Es una veta histórica de insurrección. Cahun no solo buscaba «ser» otra persona; buscaba demostrar que el «yo» es una construcción mutable. Al final, su frase más célebre resume su filosofía: «Bajo este rostro, otro rostro. Nunca terminaré de quitarme estas máscaras».
Desgraciadamente la obra de Claude Cahun no fue muy apreciada en su época. Esto debido al machismo que se vivía en el momento que ayudó a que se le menospreciara entre tanto artista. Sin embargo, desde los años 50, su obra empezó a ser mostrada como pionera del feminismo moderno. También destacó por ser el uno de los pilares del surrealismo.
La fotógrafa Pennie Smith y su estética del desenfoque que definió al rock

Publicado originalmente el 3 de octubre. Actualizado el ____ por el Equipo Editorial.
Ruy Martínez
Analista y columnista de música. Fundador de una agencia de prensa musical y colaborador de Indie Rocks! Lee mi columna para un análisis insider de la industria y las tendencias.



