En mi experiencia, en México solemos mencionar de inmediato a Remedios Varo y Leonora Carrington cuando se habla de surrealismo; sin embargo, Kati Horna queda más bien en la periferia de las conversaciones generales. Justo por eso me interesaba responder con claridad “quién fue”, qué obras conviene mirar primero y cómo se lee su relación con el movimiento. Horna no “importó” el surrealismo a México: lo volvió doméstico. En sus manos, una máscara o una muñeca dejan de ser atrezzo y se convierten en símbolos ambiguos de identidad, deseo y memoria. Su biografía —exilio, guerra, redes de amistad— explica por qué su obra mezcla documento y ficción sin pedir permiso. Si hoy la pensamos al lado de Varo y Carrington, es porque ellas pintaron lo insólito y Horna lo hizo aparecer en el mundo.
Orígenes y formación (1912–1936)
Kati Horna nació en 1912 en Szilasbalhás (cerca de Budapest). Muy joven se acercó a la fotografía y en 1933 se formó con József Pécsi, referente de retrato y publicidad; en esos años produjo sus primeras series de calle como El mercado de las pulgas (1933) y Los cafés de París (1934). En 1937 se trasladó a Barcelona para documentar la guerra por encargo de la CNT-FAI; publicó en medios anarquistas como Tiempos Nuevos, Mujeres Libres y Tierra y Libertad. Su mirada se concentró en la retaguardia (mujeres, infancia, vida cotidiana) más que en el frente, lo que hoy se considera una aportación singular a la memoria visual del conflicto. Parte de ese material permaneció décadas en cajas del IISH de Ámsterdam y fue redescubierto e investigado recientemente (2016–2019), revelando escenas poco vistas de la revolución social en la retaguardia.
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Exilio y llegada a México (1939)
Con el avance nazi, Horna y su esposo José Horna salieron de Europa y llegaron a Veracruz en octubre de 1939; se establecieron en la Ciudad de México, donde mantuvo vínculos con la diáspora intelectual y artística en la Colonia Roma (Varo, Carrington, Péret, Gerzso, Goeritz, entre otrxs). A diferencia del “sueño pintado”, el surrealismo de Horna se encarna en objetos reales y gestos mínimos: muñecas, botellas, puertas, máscaras. Esa poética se ve ya en Europa (Figurines, Doll in Doorway, Doll Parts) y se reafirma en México al dialogar con el imaginario popular (rituales, máscaras, teatro). En 1962 fotografía a Remedios Varo con una máscara de Leonora Carrington; es un retrato icónico que hoy figura en colecciones como MoMA, NGA y MFAH.
Círculo Varo–Carrington y la Colonia Roma
Su amistad con Remedios Varo y Leonora Carrington no fue únicamente social: se volvieron materia fotográfica, desde retratos íntimos hasta sesiones performáticas. Para mí, ahí está el giro mexicano de su surrealismo: puesta en escena + vida cotidiana. El MoMA registra la pieza Untitled (Remedios Varo wearing a mask by Leonora Carrington) (1962), emblema de ese cruce.
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Revistas y colectivos, laboratorio surreal
En México, Horna encontró un ecosistema editorial y artístico que le permitió experimentar: la revista S.NOB acogió sus “Fetiches” (secuencias mudas, humor negro, erotismo sugerido); también participó en Los Hartos (1961–62), colectivo que satirizaba la solemnidad del arte instituido. Esa combinación de revistas + colectivos explica por qué su surrealismo es impuro y vivo: no sólo ilustraciones “de estilo”, sino narrativas fotográficas insertadas en la prensa cultural y la vanguardia local como:
- La Castañeda (1944–45), serie realizada en el manicomio homónimo; incluye el célebre retrato El Iluminado.
- Fetiches en S.NOB (1962): trípticos y secuencias protagonizadas por mujeres, con claras resonancias surrealistas.
- Teatro (1960–63): fotografías de montajes dirigidos por Alejandro Jodorowsky.
Además, cimentó una influencia duradera como profesora: impartió clases en la Universidad Iberoamericana (c. 1958–63) y en la Academia de San Carlos/ENAP-UNAM a partir de 1973, formando a nuevas generaciones.
¿Por qué México fue decisivo?
En palabras simples: le dio refugio, red y material. Refugio para recomponer la vida tras la guerra; red de amigas-artistas con quienes explorar el límite entre vida y ficción; y material visual —máscaras, rituales, calles, teatro— que encajaba con su interés por lo inquietante de lo cotidiano. Cuando reviso sus fotos mexicanas, siento que Horna no abandona lo político: lo transforma en alegoría (la locura, el disfraz, la identidad), y así México se vuelve su laboratorio surrealista. (Aquí conecto con lo que me comentabas: en México suele dominar el relato de Varo/Carrington; con Horna vemos ese mismo corazón surrealista, pero hecho cámara.)
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Obras imprescindibles de Kati Horna (y cómo leer sus fotos)
Si buscas un atajo para entrar a su universo, estas piezas ayudan mucho (y además están documentadas por el MoMA):
- Figurines (c. 1933). Miniaturas que se vuelven protagonistas inquietantes. Aquí Horna desplaza la escala para forzar una lectura emocional del objeto. El MoMA la incluye entre sus 7 obras en línea.
- Los Paraguas, mitin de la CNT, Barcelona (1937). Una imagen de la Guerra Civil Española donde los paraguas ordenan el caos del mitin. Me gusta porque revela su instinto documental con una composición casi coreográfica. Está listada por el MoMA con localización y fecha.
- Doll in Doorway (c. 1938) y Doll Parts (c. 1938). Muñecas inquietantes, puertas que actúan como umbrales, fragmentos que insinúan historias. Es la veta más abiertamente surreal, donde la puesta en escena pesa tanto como el disparo. Ambas obras figuran en el catálogo del MoMA.
- Bottle (1962) y Untitled (Remedios Varo wearing a mask by Leonora Carrington) (1962). Aquí el diálogo con el círculo surrealista en México aparece nítido: objetos, disfraces, performatividad del retrato. Este retrato-escena está citado explícitamente por el MoMA.
Cuando me acerqué a estas imágenes, noté un patrón: objetos comunes (paraguas, muñecas, botellas) que, bajo su lente, se sienten extrañados, como si el mundo cotidiano tuviera un resorte secreto. Ese giro de lo familiar hacia lo onírico es la clave para leer a Horna.
Kati Horna y el surrealismo: atmósferas, objetos y gesto poético
Más que “ilustrar sueños”, Horna compone atmósferas. No es un surrealismo de grandes artificios, sino de pequeños desplazamientos: una muñeca en un umbral, un rostro enmascarado, una botella que se vuelve talismán. Personalmente, percibo su surrealismo como una poética del detalle: la cámara encuadra, pero también insinúa. Ese gesto comparte espíritu con Varo y Carrington, aunque su herramienta es otra: ella no pinta lo imposible, lo fotografía en el mundo real.
Su obra también dialoga con lo documental —piensa en la foto de la CNT en Barcelona— y ahí está su singularidad: lo político y lo poético no se estorban, se potencian. Cuando me preguntan “¿es más reportera o surrealista?”, suelo responder: es ambas, porque su mirada encuentra lo inverosímil incluso en la calle.
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Exposiciones y colecciones: dónde ver a Kati Horna hoy
Si quieres ver obra suya con respaldo institucional, el MoMA mantiene registro de Horna con 7 obras en línea y menciona su presencia en galerías de colección y exposiciones recientes, por ejemplo:
- Our Selves: Photographs by Women Artists from Helen Kornblum (abril–octubre 2022)
- 517: Surrealist Objects (en galería de colección, “through Fall 2025”)
- 517: A Surreal Lens (ongoing)
- Making Choices (mar–sep 2000)
Todo ello figura en su página de artista.
En mi caso, ver listados de este tipo me confirma algo: aunque durante décadas su nombre no sonaba tanto como el de las pintoras surrealistas más populares, los museos internacionales ya están corrigiendo la omisión, reprogramándola en discurso y vitrina.
¿Recibió el reconocimiento que merecía? Un balance crítico
Mi lectura es que el reconocimiento llegó de forma desigual: su trabajo circuló, sí, pero la “marca” surrealista en México se asoció más a la pintura. Hoy, con nuevas lecturas curatoriales y colecciones digitalizadas, su obra sube de volumen: aparece en catálogos, se reinterpreta y se enseña en clave de fotografía de mujeres artistas, de surrealismo expandido y de historia visual del exilio. El hecho de que el MoMA mantenga obras suyas visibles en línea y en galería permanente habla de canonicidad en consolidación. A mí me interesa justo esa relectura: pasar de “fotógrafa poco conocida” a pieza clave para entender cómo el surrealismo se vivió y se fotografió en México.
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Preguntas frecuentes sobre Kati Horna
¿Quién fue Kati Horna y por qué es relevante?
Fotógrafa húngara-mexicana (1912–2000), puente entre lo documental y lo surreal. Su relevancia está en cómo transforma lo cotidiano en imágenes ambiguas y poéticas.
¿Cuáles son sus obras/series más conocidas?
Entre las piezas visibles en el MoMA: Figurines (c. 1933), Los Paraguas, mitin de la CNT, Barcelona (1937), Doll in Doorway (c. 1938), Doll Parts (c. 1938), Bottle (1962) y Untitled (Remedios Varo wearing a mask by Leonora Carrington) (1962).
¿Qué la conecta con el surrealismo y con México?
Su poética del objeto y las atmósferas construidas; además, su diálogo con artistas del círculo surrealista en México (véase el retrato de Varo con máscara de Carrington).
¿Dónde ver su obra hoy?
En colecciones y exhibiciones del MoMA (obras en línea y en galería 517; presencia en exposiciones como Our Selves 2022).
Viridiana Velázquez
Editora en Yaconic. Periodista egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Mi especialidad es el análisis del consumo cultural y las narrativas mediáticas. Con una década de experiencia como reportera en medios de comunicación como Grupo Mundo Ejecutivo o Indie Rocks! y la Comunicación Social en el Gobierno de la Ciudad de México, examino cómo el poder, el mercado y el marketing determinan la percepción del arte y la sociedad. Te ofrezco una visión profunda de la cultura como producto y como reflejo de nuestro entorno.





