El nombre de Mathias Goeritz es sinónimo de una revolución artística y arquitectónica que dejó una huella indeleble en la identidad urbana de México. Nacido en Danzig, Alemania, en 1915, este artista multidisciplinario desafió las fronteras del arte, la arquitectura y la poesía para crear un legado que trasciende el tiempo y las disciplinas. Su vida, marcada por una incesante búsqueda creativa, lo llevó de las aulas europeas al vibrante escenario cultural de México, donde encontró el lienzo perfecto para su visión monumental.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Mathias Goeritz no se formó en una sola rama del conocimiento. Tras un breve paso por la carrera de Medicina en la Universidad de Berlín, su verdadera vocación lo llevó a la Escuela de Artes y Oficios de Berlín-Charlottenburg, donde se nutrió de la guía de maestros como Max Kaus y Hans Orlowski. Complementó su formación con estudios de Filosofía e Historia del Arte, forjando una mente que más tarde integraría la espiritualidad, la emoción y la funcionalidad en una nueva forma de arte público.
Tras la Segunda Guerra Mundial, su camino lo llevó por Marruecos y España, donde cofundó la influyente Escuela de Altamira en 1948. Pero fue su llegada a México en 1949 lo que marcó un punto de inflexión en su carrera. Se estableció primero en Guadalajara y, tres años después, se mudó a la Ciudad de México, donde rápidamente se convirtió en un pilar del arte moderno. La visión de Mathias Goeritz fue un arte integrado y colectivo se materializó en una serie de proyectos que hoy son piezas clave del paisaje urbano y cultural del país.
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Una de las aportaciones más significativas a la arquitectura de Mathias Goeritz fue el Museo Experimental El Eco (1952), su primera obra arquitectónica en México. Concebido como una “estructura emocional”, este espacio fue una crítica a la rigidez funcionalista de la época y un manifiesto en favor de un arte que apela a las emociones y la experiencia humana. Es una pieza fundamental en la historia del arte mexicano y un testamento de su filosofía.
La obra más icónica y representativa de Mathias Goeritz son, sin duda, las Torres de Satélite (1957). Creadas en colaboración con el renombrado arquitecto Luis Barragán y el pintor Jesús Reyes Ferreira, estas cinco esculturas monumentales de hormigón se alzan como un símbolo de la modernidad y la identidad de la Ciudad de México. Con sus imponentes alturas, que van de 36 a 58 metros, las Torres no son solo arte, sino un portal urbano, un hito que define un antes y un después en la forma de concebir la escultura pública a gran escala.
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Además de las Torres, el legado de Mathias Goeritz incluye otras obras relevantes que muestran su versatilidad artística. Entre ellas se encuentran las Torres de Temixco en Morelos y los impresionantes vitrales de la Capilla de San Lorenzo Mártir, en la Ciudad de México, donde el color y la luz se convierten en una experiencia casi mística.
En el ámbito escultórico, Mathias Goeritz es el autor de la icónica escultura La serpiente, ubicada en el Jardín Escultórico del Museo de Arte Moderno del INBAL. También colaboró con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez en el mural Estudio de texturas, que adorna la Sala Huichol del Museo Nacional de Antropología. Estas obras, junto con su poesía y escritos, demuestran que la visión de Mathias Goeritz trascendió las etiquetas, convirtiéndolo en un artista total cuyo trabajo sigue vivo en cada rincón de la ciudad.
Stephanye Reyes
Periodista (Carlos Septién García). Exploradora de la cultura alternativa y la disidencia. Lee mi columna para un análisis de derechos humanos e impacto social en la urbe. Hago fotografía de todo lo que mis miopes ojos ven: Ig: @bruja_amapola





